In The Woods – Folklore pálido de Odín

Ciervos pacen cerca.

Es verano y, en mi recuerdo, todavía no sale el sol. Una pelusa de niebla, allá en el bajo, se desprende de la superficie del lago y se posa sobre las cimas recortadas de los acantilados. -¿Esto es una reseña?-

Hace frío. Con cuidado, mi amigo Jeremías Neumeyer (alias: El Poeta Maldito; léanlo, es muy bueno) y yo, recorremos la espina dorsal de una montaña que forma parte de lo que se conoce como el Cinturón de Fuego del Pacífico. Un paso en falso, a dos mil metros de altitud, y te vas a contarla a las rocas afiladas del faldeo.

Agazapados, en un momento, sin saber me estiro y amartillo el percutor. Shhh, susurra Jeremías, vas a espantar a los ciervos, guarda esa escopeta.

Yo no los ví. Él sí.

El del medio era de doce puntas, dice después Jeremías, mientras atiza los rescoldos del almuerzo. Ya es mediodía y armamos campamento en un valle, fuera del bosque. No es tan fácil caminar sin sol por ahí adentro. Siempre es de noche en un bosque cerrado.

-Esto es una remembranza-

No los ví, ¿dónde estában?

Abrevándose en el manantial que pasa por ahí.

Comimos conejo y, cuando terminamos, dimos las gracias a nuestros dioses (los tenemos, claro), siguiendo la costumbre que, cada verano, cuando viajo a visitarlo a San Martín de los Andes, repetimos. Después, fumamos.

Mirando el Lácar, tras un rato Jeremías dijo: ese fierro que andas trayendo no es para cazar, eh. Mirá el cielo, hoy no se caza. Le hice caso y miré al cielo. Nubes rojas y manchones de nubes grises y negras se amontonaban. El sol ya no estaba. Va a llover, dije. , me respondió, y andan ciervos cerca. No somos dignos de cazar hoy.

-Esto pasó en algún lugar-

Más tarde, bajando para el pueblo, guiados por los montículos de piedras que fuimos dejando durante el ascenso, aproveché la inmutabilidad del paisaje aquel para preguntarle a mi amigo qué fue lo que me quiso decir con eso de que hoy no se caza. Entonces, él se puso solemne y me habló de Odín: En los días de tormenta, dijo, en el cielo se desata la cacería salvaje. Los exploradores salen con sus perros, de a caballo, a perseguir desenfrenados a sus presas. Odín va adelante y los guía. Solo que, después de un rato, cansado ya, a veces toma la forma de un linyera y otras la de un ciervo. Entonces, cuando hace eso, baja a pasear por los bosques de su agrado. Y él anda mucho por acá. Algunos conocidos lo han visto. Pero no es bueno verlo. Si eso pasa, vos tenés que tirarte al piso y dejar que te camine por la espalda. Hay que tratar de evitar esa visión. Si lo sentís cerca, y lo sentís eh, tenés que taparte los ojos.

No son pocas las cosas que compartimos con Jeremías. Algunos dioses antiguos (Araucanos y nórdicos), la pasión por la palabra y la poesía, y el respeto hacia los bosques y hacia las fuerzas naturales. Pero siempre, y desde siempre, nuestras conversaciones han terminado virando hacia el Black Metal, que es otra de las pasiones que nos unen.

Durante aquella jornada, que ahora rememoro, en un momento empezamos a charlar sobre las distintas acepciones etimológicas de Odín, y uno de los dos, no sé quién pero creo que él, mencionó que su definición más antigua era Wotan.

Frente a esa palabra, recuerdo, no pude evitar mencionar “Wotan ‘s Return”, ese temazo que está en el primer demo de In The Woods

Y, en cuanto lo nombré, a Jeremías se le iluminaron los ojos.

Es difícil que no pase lo mismo con cualquiera que disfrute del Black Metal. In The Woods… fue un bello sueño nórdico que duró algo así como ocho años. Y no me vengan con que se reunieron en el 2014 o 2015 y que, de ahí a la fecha, publicaron dos discos más, porque eso no es In The Woods… Ya ni las cabezas de la banda quedan ahí, ya ni siquiera la magia.

Me hago cargo: algunas reuniones nunca tendrían que haber pasado (¿alguien por ahí dijo Celestial Season?).

Cuando volví de ese viaje por la cordillera, me encerré a escuchar Cease the day, el último disco publicado por la nueva formación de In The Woods… en el año 2018. En cuanto terminó, hice lo mismo que con Pure, el del 2016: despacito lo arrastré hasta la papelera de reciclaje, lo dejé ahí y, después, vacié la papelera.

Así que sí, esto es una reseña de In The Woods…, pero de la única época que, a corazón abierto, me convoca: la comprendida entre los años 1992 y 2000.

“Somos músicos y lo importante es nuestra música, no nuestras caras o la forma en la que nos vestimos. Tal vez sean nuestros cuerpos los que interpretan y “materializan” nuestra música, pero aquello que crea y compone todo es sin dudas nuestra mente colectiva. Y es muy difícil representar algo tan abstracto y misterioso con una mera sesión fotográfica.”

Eso decía Jan Transit, cantante y compositor de la formación original, cuando le preguntaban por qué no habían fotos de ellos o, si las habían, salían siempre con las caras tapadas.

El In The Woods… de hoy en día tiene una cuenta en Instagram, y la mantienen constantemente actualizada.

Bien. Vamos a lo nuestro.

En el año 1993, después de unas cuantas idas y venidas, se publican los dos primeros demos de la banda: Reharsals ‘93 y el ya mencionado Isle of Man. Resulta difícil encontrar el Reharsals hoy en día, no así el Isle of Man. En su tapa no hay nada más que un bosque. Era un cassette con cinco temas. Varias ediciones rezan Isle of Men, pero el nombre cierto es Isle of Man, en un claro homenaje al islote ubicado en el corazón del mar irlandés, colonizado por los vikingos cuando los glaciares de la última Edad de Hielo se retiraron, dejándolo solo entre la Escandinavia del norte y la Europa del sur. Islote en el que, huelga aclararlo, suelen celebrarse, aún en la actualidad, diversas festividades paganas.

Cinco tracks, grabados en la casa de los padres muertos de un amigo, que ya empujaban, estilísticamente, el horizonte del Black Metal un poco más allá. No lo sabían, porque se la pasaban boludeando y a los gritos por los bosques (una anécdota de la época nos cuenta que terminaron presos después de que los bajaran de los árboles, completamente borrachos y pintarrajeados), pero abrirían una puerta que los llevaría lejos.

En el año 1995 publican HEart of the Ages. En ese disco, hacen del Black Metal el marco de un cuadro y, sobre él, pintan con diversas tonalidades de grises y de verdes azulados. Hablamos de un disco claramente inspirado en los movimientos de la aurora boreal por el cielo del invierno ártico, que es una noche de meses. Paisajes atmosféricos se descomprimen y distienden sobre colchones de voces melódicas, épicas, intolerables. Hay moderattos entre los tracks más largos, y el Black Metal se estira todo lo que puede, incluso hasta rozar las márgenes del progresivo. No sé qué más escribir sobre esto. Escúchenlo. Transit comenta que debió salir a caminar por el bosque después de grabar los gritos de “Yearning the seeds of a new dimension”. Lo había dado todo, escupía sangre y la cabeza se le partía. Cuando volvió y escuchó el resultado, supo que nunca iba a poder igualarlo.

Omnio, su siguiente disco, salió en el año 1997, después de un simple (White Rabbit, 1996), y una reedición del demo Isle of Man (A return to the Isle of Men, 1996. Acá sí cambió el nombre). The Wall de Pink Floyd era lo que más sonaba en ese estudio. Durante los ensayos, antes de entrar a grabar, se dice que conectaron los secuenciadores y los teclados directamente a una computadora, registrando así todos los sonidos resultantes en el disco rígido. Había que nombrar de alguna manera al archivo, y lo llamaron Omnio, aunque sin saber muy bien por qué.

“Después de los ensayos, una noche, estaba en mi casa”, cuenta Transit, “y me puse a buscar en el diccionario. Quedé sorprendido ante lo que encontré, porque el significado estaba realmente relacionado con lo que nosotros queríamos transmitir en el disco. Queríamos algo que abarcara a la música y las letras como un “todo”, y “omni” justamente significa “todo”.

El disco, podríamos decir que se resume en el primer track, “299.796 Km/s” (lo que no quita que DEBA escucharse este trabajo en su completitud). Ese tema… Hablemos sobre ese tema. 14:46 minutos. Un violín, que no logra escapar, de pronto choca de frente contra una pared de filosas guitarras y golpes de batería, apenas un poco antes de que el trance adquiera forma y ritmo. Pero, cuando eso pasa, a los dos minutos ya las voces se hacen presentes, y se abren y se van hasta un páramo desolado. Voces masculinas y femeninas en una cópula aleatoria y, debajo de ellas, el aireado bajo y sus escalas. La canción, entonces, adquiere alas y vuela. Y eso que recién empieza. Otro violín nos está esperando en el minuto 4. Después, más voces, más riffs. Un solo de guitarra, en el minuto 8, que nos expulsa hacia un lugar perverso y pesado. La canción, entonces, se ralentiza, pero al viaje todavía le falta. Uno no vuelve de este disco siendo el mismo. 

Un simple (Let there be more light, del año 1998) fue la antesala ideal del que sería, ahora lo sabemos, su último disco: Strange in Stereo, publicado en el año 1999. Imaginemos un álbum perdido de The Gathering, y que haya sido grabado por su primer cantante, el gutural Bart Smiths, junto a la señorita  Anneke van Giersbergen, solo que, ambos, esta vez, en plan melódico. Bien. Este es ese disco: un disco de canciones. Sí, Strange in Stereo es un disco de canciones. Acá los tracks kilométricos, en mayor medida, han desaparecido. Letras e interpretaciones se funden hasta alcanzar toda una serie de armonías irónicas y delicadas. Cínicas por momentos, opresivas pero hermosas. Música atmosférica. Hay algo que nos dice que la cosa ya no va a pasar de acá.

Strange in Stereo es un disco de tintes fuertemente filosóficos. Y no digo que los demás no lo sean, o que en estas letras se analicen textos griegos o alemanes o lo que sea. No. Es en el ejercicio de la música que lo podemos entrever, como si una nueva forma de filosofía pudiera simplemente estar creándose ante nosotros. Por ejemplo: una melodía básica surge de la nada aparente y, lentamente, empieza a tomar forma hasta que logra construirse desde la esencia misma de la canción. Pero, una vez vuelta flor, dicha canción, lo que hace es volverse a deconstruir para quedar solo en huesos. ¿Acaso no es esa una interpretación posible de la teoría derrideana de la Deconstrucción, que es en sí misma un intento de dar por tierra con todo lo construido anteriormente por sus maestros, Heidegger entre ellos? Es posible.

Strange in Stereo es un epitafio digno. La banda estaba derramándose de los géneros.

¿Hasta dónde podrían haber llegado?

Epitaph (un sencillo del 2000) y el compilado Three times seven on a Pilgrimage (del mismo año), se publicaron un poco antes del último concierto que la banda dictó, el día 29 de Diciembre del año 2000, en el Caledonian Hall de Noruega. Después de eso, el silencio. Cada cual se hizo rancho aparte, algunos en bandas conocidas, y al poco tiempo se publicó un disco doble con el registro de aquel recital.

Hoy están de vuelta en el ruedo. “¿Por qué?” se preguntará más de uno, al escuchar los discos que sacaron. De todas maneras, es tan improbable que hayan estado a la altura de tamaña reunión, como contrafáctico lo que acabo de escribir. En fin…

Ciervos pacían cerca la mañana en que volví a recordar In The Woods… Mi amigo y yo habíamos pasado una jornada entre los árboles, con el lago a lo lejos y con Odín materializado en un ciervo. Cosas que no sabía, respecto del dios, aquella jornada me fueron develadas. Y hoy, que el tiempo todavía no se hizo mucho, y que vuelvo a escuchar al fin la canción, sus estrofas toman, para mí, cada vez otro cariz, siempre un significado nuevo. Y después, cambian; y después, se desvanecen. Y después, vuelven a cambiar.

Remotos campos de olores extraños

Seguiré apareciendo en cotas de mallas

Y borraremos estos “viejos” orígenes

Mientras soñamos

Mil coros deletrean mi saludo

Seremos uno contigo, en armas

Espada y alma

                            Fragmento de Wotan Returns.