Iron Maiden – Arder dentro de un muñeco de paja

El otro día escuché a un escritor hablar de Stephen King. Dijo que, aunque él ya no espera nada de Stephen King, compra religiosamente cada libro nuevo que saca. Dijo que lo siente cercano, como un amigo.

Eso me hizo pensar en Iron Maiden.

No hay un Iron Maiden; cada fan tiene configurado un Maiden del que es adepto. Están los que hablan de los dos primeros discos y de que Paul di Anno fue una figura insuperable para la banda; los que dicen que Maiden ya fue y que deberían separarse; y están los que, como yo, no esperan nada de ellos, pero que escuchan con fervor cada nuevo disco que sacan. De esos, somos muchos.

Amuleto, el recuerdo de mi llegada a Maiden: Doce años yo. Un motoquero, enfundado en cuero negro, era el novio de mi hermana. Caía a casa y se quedaba siempre afuera, en la esquina, fumando y esperándola. Una noche, queriendo quedar bien con el cuñadito que andaba molestando por ahí, y que vendría siendo yo, el motoquero sacó de su mochila un CD, era el Live after Death. Me lo regaló.

En esa época, el consumo musical era una experiencia más completa. El disco se escuchaba de principio a fin, con el booklet entre las manos.

Ese disco fue para mí una importante lección de la profundidad que se puede alcanzar en el trabajo, de las vertientes y de los lagos de los cuales puede uno abrevar para después hacerlos confluir en el mar resultante de una obra.

Ya en la tapa, Eddie aflora violenta, eléctricamente de su tumba, dejando atrás una lápida en la que leemos lo siguiente:

 “Que no está muerto lo que yace eternamente, y con el paso de los eones aún la muerte puede morir…”

“Lovecraft”, decía abajo de la cita. Lo investigué y llegué a sus cuentos. Investigué, también, de quién era esa voz que abría el disco dando un discurso. Aprendí sobre Churchill, sobre Londres y sus bombardeos. Aprendí sobre las guerras.

Con el tiempo fui haciéndome de toda la discografía de Maiden, traduciendo como podía las letras e investigando sobre los tópicos que las inspiraban. Así descubrí que la literatura y el metal (ante todo el metal) están intrínsecamente conectados. Por Maiden llegué a las Rimas del Antiguo Marinero, de Coleridge, a la obra poética de Tennyson, a los mundos distópicos de Orson Scott Card y a muchos de los viejos mitos folklóricos de Inglaterra.

Y fue por Maiden también, y acá me acerco al motivo real de esta oda, que llegué a una película capital en mi vida.

En el año 1999 empezó a circular el rumor de que Bruce Dickinson había vuelto a la banda y de que, juntos, estaban trabajando en un disco nuevo. La noticia nos ilusionó a todos sus seguidores, ya que veníamos de años de discos pésimos con Blaze Bayley en las voces (¿Qué otra cosa fueron sino The X Factor y Virtual XI?).

A principios del 2000, Maiden publicó el primer corte de difusión de lo que sería Brave New World: The Wicker Man. Cuando lo pasaron en la radio, me lo grabé en un cassette. Busqué la letra, la traduje. No decía mucho. Probé, entonces, ver de qué se trataba eso del Muñeco de Mimbre. Era una película del año 1973, dirigida por un tal Robin Hardy. No fue fácil pero la conseguí. VHS, mis viejos tenían un reproductor de VHS. Yo ya era fan del cine de terror, desde una noche en particular: la noche en que mi viejo se quedó dormido, un viernes, con ATC puesto, y los viernes de ATC a la medianoche eran de películas de terror por partida doble. Nos recuerdo, él dormido y yo mirando las cuatro horas de películas, en silencio, a su lado. Las dos primeras películas de terror de mi vida: Drácula y Frankestein.

Siempre miré cine de terror. Pero, a mis trece años, nada me había preparado para The Wicker Man.

Hasta ese momento, en las películas, el terror tomaba forma de monstruos, de fantasmas, de demonios. En The Wicker Man, el terror es algo sin forma, acecha en el lado más oscuro del humano, es primitivo y sagrado.

Cito una reseña de Israel Yereña al respecto:

“En The Wicker Man, los sentimientos se logran mediante el extraño comportamiento de toda la población de una isla, quienes no sólo actúan de una manera hermética sino también provocativa hacia el protagonista, quien debe hacer uso de toda su fuerza de voluntad para afrontar los rituales paganos de la población; rituales llenos de sexo, libertinaje y promiscuidad, elementos que resultan totalmente desagradables para el extremo pensamiento religioso del sargento Howie. Todo esto hace que la película transcurra en medio de una constante tensión y una turbia sensación de pesimismo, las cuales se ven acrecentadas al saber que en el fondo los aldeanos parecieran no llevar a cabo malas acciones, sino que simple y sencillamente se limitan a honrar a dioses y fuerzas más antiguas y naturales que el catolicismo, el cristianismo o cualquier otra religión. Es por esto que la película también ocurre alrededor de un enorme simbolismo en cada escena”.

Cierro cita. El caso con The Wicker Man es que, el ver a esta pequeña comunidad practicar sus rituales es precisamente lo que se orilla a tenerles miedo, a sentirlos desde un inicio como los enemigos. Porque, aunado a su comportamiento raro y oscuro, sus ceremonias fácilmente podrían considerarse ajenas y desconocidas (incluso primitivas) a lo que se dice una “sociedad civilizada”. Digo que, el mayor miedo que engendra The Wicker Man, mediante el personaje de Howie, es el de exponerse a lo extraño, a la otredad, a todo eso que está fuera de nuestros límites culturales y sociales y que, por ende, resulta tanto misterioso como peligroso, ya que no se lo controla ni se lo entiende.

De eso extraigo uno de los grandes aprendizajes que me dejó- me deja mi relación con Maiden.

No espero de ellos nada que me obnubile, porque eso ya lo hicieron. Vuelvo como un devoto siempre a su legado y espero que siga siendo así. Pero debo destacar que su arte me ha servido para aprehender más sobre lo anterior, lo “primitivo”. Ellos han sido, desde siempre, como una suerte de divulgadores y de disparadores de pesadas investigaciones por senderos raros de la historia para mí.

Parecieran siempre haber estar diciendo que era preciso conocer y respetar aquellas formas que están más allá de nuestra construcción cultural. Inentendibles, incontrolables.