Ulver – Apología de los lobos

Hay unas ovejas pastando en una vega. El sol del mediodía cae agresivo sobre ellas, como un chimango a su presa. Con Braulio, un paisano de una zona que no voy a mencionar, nos fumamos un tabaco abajo de un alero de piedra. Me trajo hasta acá para mostrarme la cueva.

Acá el sol no pega, me dice, acá el tiempo no pasa.

Escribo esto mientras miro los dibujos de las paredes que se levantan atrás suyo, hechos hace 1700 años por los chamanes de la cultura Aguada.

Miro para el campo quieto que se abre más allá de la boca de la cueva. El año terrible que se va, el que llega. Esto va a publicarse en el 2021.

La cueva es un portal desde el que vemos, mientras echamos humo, los últimos espasmos del 2020 y los primeros asomos del que viene. En esta cueva, es verdad, el tiempo no pasa.

Es verdad, no pasa, le respondo.

Un pedazo de espacio quieto, sin tiempo, ahí quedo cada vez que Ulver saca un disco nuevo.

“Por favor tenga la cortesía de abstenerse de expresar observaciones superficiales en relación con nuestra música y / o personas, somos tan desconocidos para usted como siempre lo hemos sido”, decían, allá por el 99, cuando, de un zarpazo inteligente, dejaban de culo al norte a todo su público blackmetalero.

Ulver es una manada particular de lobos nórdicos: no hay alfa, nadie desempeña ahí una tarea específica. Sin embargo, todos los integrantes de la banda son necesarios. El aullido que logran en conjunto, y esto quizá sea lo más importante, es siempre distinto y dominante. Hay en él ecos de un pasado oscuro, de iglesias quemadas, de dioses ofendidos, de círculos secretos, de martillazos de vikingos. Y hay en él, también, vanguardia y visiones del futuro. 

Lo primero fue la santa trilogía del black metal publicada entre los años 1995 y 1997: Bergtatt, Kveldssanger y Nattens Madrigal, este último pieza fundamental del género.

Ya en el año 1998 aparecieron con Themes from William Blake’s Marriage of Heaven and Hell, un disco industrial, electrónico, neoclásico en el que ponían música a los poemas del místico inglés.

De ahí en adelante, no volvieron nunca más, aunque sin nunca haberse ido.

Luego de un EP ambiguo (Metamorphosis, del 1999), en el 2000 se despacharon con Perdition City, una atractiva gema trip hop; Blood Inside, del 2005, bueno… les dejo definir el género a ustedes; Shadows of the Sun, del 2007, fue la melancolía vuelta música; War of the Roses, del 2011, la envidia de cualquier banda gótica; Childhood’s End, del 2012, un compendio de covers de bandas psicodélicas, casi todas de los 70, muchas de ellas de culto o desconocidas; Messe I.X-VI.X, del 2013, una formidable misa interpretada en vivo por la banda y la sinfónica de Oslo; ATGCLVLSSCAP, del 2016, un viaje en clave drone por toda su discografía, grabado en vivo en el estudio, prácticamente en trance, sin parar. En el año 2017 publicaron The Assasination of Julius Caesar, un acercamiento todavía tímido y experimental a la canción synth pop.

Me quedan algunos EP en el camino (Silence Teaches You How to Sing, Silencing the Singing, ambos del 2001; A Quick Fix of Melancholy, del 2013; Sic Transit Gloria Mundi, del 2017), algunos splits (con Mysticum en el 1994, con Sunn O))) en el 2014) y tres soundtracks (Lyckantropen Themes, del 2002; Svidd Neger, del 2003; Riverhead, del 2016). Dos demos más, sí, tres álbumes en vivo, está bien, y cinco compilados. No es fácil seguirles el rastro.

Pero ahora quiero detenerme en el 2020, en este año que ahora veo irse-que para ustedes ya se fue.

Ulver sacó un disco nuevo: Flowers of Evil. 8 canciones, casi 38 minutos. Quizá Martin Gore, tecladista y principal compositor de Depeche Mode, deba escuchar este disco.

Leí por ahí que uno ofendido definía este álbum como la segunda parte-mala- del publicado en el 2017, The Assasination of Julius Caesar. Nada más equivocado. Aquel álbum, en las letras, era un revisionismo histórico de ciertos hechos peculiares de la culturas tanto oriental como occidental; y, musicalmente, lo que dije, un acercamiento a la canción synth pop.

Flowers of Evil es el refinamiento de la canción. Un disco de tracks básicos, con estrofa, estribo, estrofa, estribo, sólo (a veces), estribo y ya. Para una banda que viene de 25 años de experimentación pura y dura (verdaderamente pura y dura), lograr que en un disco las canciones decanten por su propio peso en una serie de estribillos campeones es algo más que destacable.

Las letras se diferencian de su trabajo anterior: retoman acontecimientos históricos importantes, pero sólo para usarlos metafóricamente. Son una primera línea ruidosa que, en su mismo ruido, buscan ocultar la trama de la que realmente hablan.

Referencias hay muchas: desde la evidente de Baudelaire, hasta Phillip K. Dick, Pasolini, El Bosco, la bomba de Hiroshima, la playa de Normandía, toda la geografía de las costas nórdicas e inclusive su pasado blackmetalero.

En la música, el Depeche Mode de ULTRA, aquel último gran disco y el primero como trío, es la referencia más clara.

Caería en errores queriendo desmenuzar el álbum acá. La experiencia es personal. Están a un play de distancia.

Flowers of Evil es mi disco del 2020. Un recorrido de 40 minutos que al primer estribillo recita:

Somos lobos bajo la luna
Esta es nuestra canción
Hemos amado y hemos perdido
Estamos listos para seguir
Oh, un último baile
En esta iglesia en llamas

Es casi un epitafio, el fin de una época para esta banda. Sólo podíamos esperar que refinaran lo que venían trabajando. El nuevo coletazo está en lo que viene.

Miro las paredes de la cueva, miro desde la sombra del alero al año que ya no es. El pasado que se arrastra siempre en el presente hacia el futuro. Los chamanes que fueron, los que son.

Los que traen algo de su origen y lo arrojan con fuerza hacia el futuro.