Wreche – El Zen en lo Oscuro

Estamos en el año 1841, en una semana es navidad. Franz Liszt está apoyado en el portal trasero de un teatro, fumando. Dos años hacen que gira por Europa, y esta noche será Berlín y sus luces. Un grupo de personas lo atosiga sin disimulo. Están en la esquina, mirándolo. Para ellos, cada movimiento del maestro es algo precioso. Él despega su espalda de la pared, se acerca al tacho de basura, da una última calada y cambia de opinión. Tira el resto de sus colillas todavía prendidas en dirección a esa gente y se mete en el teatro. Una mujer se apura y levanta las colillas, las encierra en un medallón y se lo vuelve a colgar al cuello.

Solo con el piano, cada noche Franz Liszt empuja a su audiencia hasta un estado casi de éxtasis místico. En sus conciertos, la histeria es algo sin precedentes. Tocando sin parar, simplemente dejándose llevar, Franz Liszt ha perdido sin  darse cuenta pañuelos, guantes, e incluso mechones de pelo. Sus desenfrenados seguidores suben al escenario y, libres de tapujos, profanan toda cosa que haya tenido contacto con el compositor. Después de cada concierto, cuando por fin despierta, Franz Liszt deja el escenario sin nunca despedirse, y los presentes desguazan el piano y roban hasta sus pocillos residuales de café. 

Cuarenta años después del nacimiento de ese fenómeno conocido como Lisztomanía, un Franz Liszt moribundo, producto de una misteriosa caída por las escaleras de un hotel, decía en una de sus últimas entrevistas:

“Nunca he sabido lo que toco cuando me siento al piano. Simplemente dejo que pase lo que tenga que pasar. No hay un plan, y si lo hay es el tiempo, poder fluir con él, tratar de no pensar, de no ser.”

El budismo persigue lo mismo que Franz Liszt. La iluminación, el nirvana, sólo se alcanzan cuando se deja de ser. En el budismo el tiempo existe, sí, pero no es más importante que el hecho de lograr no percibirlo. O de convertirse en él. Hasta los dioses son no-importantes para un budista: sólo la doctrina es. Un ángel pasa, cuenta una alegoría, y, cada cien años, con una fina seda de Benarés roza una montaña de piedra. Cuando la montaña se haya gastado, habrá pasado el primer día de una kalpa, que es un año de los muchos que viven los dioses en la tradición budista. El tiempo, para los budistas, es infinito y necesariamente inconmensurable. Es la sustancia de todo, y es preciso transitarlo a cada momento como único.

Soy prejuicioso, para qué negarlo. Y, sin embargo, estoy seguro de haber escuchado el mejor disco del año.

Cuando me lo recomendaron, dijeron black metal sin guitarras. Sólo piano, sintetizadores, batería y voz. Y dijeron también: no es depressive black metal, pero no sé muy bien lo que es. Mi prejuicio me hizo dudar. Yo AMO el black metal, me parece el género más romántico de la historia de la música, y el más calmo y el más fiero también. Los teclados no me hacen gracia, no en el género, pero los acepto, claro: ahí están Bathory, Emperor, el viejo Dimmu Borgir y muchos otros. Así que dejé pasar unas semanas antes de meterme con el disco recomendado.
Tiempo que perdí.

All my dreams came true es el segundo disco de Wreche, proyecto solista del pianista John Steven Morgan. El primero, que no sabía ni siquiera que existía, es del 2017.

El caso es que este Morgan es un inquieto. De formación clásica, y de corazón metalero, no pocas personas se han topado con él a lo largo de los años, tocando gratis en pianos destartalados por las calles de distintas ciudades de los Estados Unidos. La belleza y la oscuridad de sus composiciones hizo que algunos directores le encargaran las bandas sonoras de sus películas. Están todas recopiladas en un disco llamado Solo Piano Works. Búsquenlo en su página oficial, está muy bueno.

Bien, ¿Qué pasa acá? Frente a cada escucha no tengo ningún recuerdo. Muchas veces repasé el disco entero, pero toda escucha es nueva. Los tracks son siete, el tiempo es una hora. El efecto es instantáneo y duradero. Como algunas drogas, All my dreams came true funciona por acumulación. Uno se pasa un rato largo intentando asimilar eso que suena, hasta que entra. La dinámica es ambigua. Desde un punto de vista clásico, el piano es el que tiene preponderancia, y no por moverse en el terreno del black metal abandona las concesiones estilísticas de su compositor: Morgan, cuando la composición lo requiere, no escatima en aplicar roturas de octavas laterales, ostinatos, pasajes de staccatos impecables y melodías crecientes en legato. El piano, entonces, es el movimiento submarino por el que transita el resto de lo que pasa en el disco. Los sintetizadores funcionan como lo más extremo que escucharemos, y eso por fuera de las voces, que son más que respetables en lo que a gritos se refiere. Severed, el track que está en la mitad del disco, nos estampa en la cara toda la distorsión que se le puede dar a un sintetizador sin reventarlo. Las baterías están muy bien; son, en general, desprolijas, y tienen ecos del Plaguewielder de Darkthrone.

Lo que me pasa a mí con este disco es que me da la sensación de que suspendiera el tiempo. Es una hora, sí, pero no pasa. O, si pasa, no la veo. No la siento. En el budismo, ciertas actividades se practican con el fin de liberar la mente de cualquier pensamiento. El Ikebana, por ejemplo, es el arte de los arreglos florales. Se destroza (Wreche quiere decir destrozar) la conexión de una flor con la tierra, la que es el alimento de su vida, para, sin pensar, y simplemente meditar, despertar luego penosamente al mundo real y contemplar lo que se ha hecho durante esa suspensión del tiempo. Ya verán ustedes que nada en este disco está puesto en vano: un grupo de flores adorna su tapa. 

Momentos de belleza abundan. Ciertos tracks contienen en su centro instantes en los que las melodías simplemente fluyen, y en los que todo lo demás se detiene. Después, los gritos vuelven, regresa el caos. Las letras no se entienden, y eso está bien. Porque no hay nada que nos procure una atención especial. Todo en este disco está dispuesto para perderse, sin ripios. Y funciona.

No voy a dejar de recomendarlo, tanto para los ajenos al género como para los, digamos, especializados. Es, sin dudas, una buena antesala a la espera del nuevo de Darkthrone, que sale en el mes de Junio.

Les dejo una imágen a modo ilustrativo de posibles usos: escribí un cuento escuchando este disco. Detalle por detalle, los personajes y las situaciones se alzaron ante mis ojos sin que nada nunca me distrajera. Cuando el disco terminó, lo puse de nuevo y seguí. Cuando al fin me cansé, ya era tarde, el día moría y yo no lo había sentido. El tiempo había pasado. Morgan (como Liszt) había tocado, perdido en el instrumento, y ninguno había percibido, seguramente, que estaba ahí, siendo.

Ni en su propio cuerpo, ni en el espacio físico que habitaba.