Lucifer, la banda liderada por Johanna Platow, se presentó el pasado viernes en Uniclub en lo que constituyó su primer show en el país con una formación completamente renovada. El cambio no fue únicamente en los músicos que la acompañan sobre el escenario, sino también en la naturaleza misma del espectáculo.
Si en visitas anteriores Lucifer se percibía como un proyecto colectivo, esta noche quedó en evidencia que la banda ha mutado hacia algo más cercano a un proyecto solista: todo el peso dramático y conceptual del show recayó sobre los hombros de Johanna, con una intensidad que, según el ángulo desde el que se mire, puede leerse tanto como una decisión artística deliberada como una consecuencia inevitable de la transición que atraviesa el grupo.
El setlist privilegió los dos trabajos más recientes de la discografía “Lucifer IV”y “Lucifer V” tocaron algunos de sus temas más representativos: «Fallen Angel», «Wild Hearses» y «Crucifix (I Burn for You)», mientras que «California Son», rescatada de los primeros discos no faltó para quienes la conocen desde los primeros discos.
La nueva formación demostró solidez técnica y ejecutó el material con precisión. Sin embargo, lo que se ganó en prolijidad se perdió en presencia escénica. El carisma grupal que caracterizaba a Lucifer en presentaciones anteriores brilló por su ausencia, y la interacción entre los músicos careció de la energía que solía dar vida al show más allá de la música en sí.
A esto se sumó que Johanna atravesó la noche con evidentes problemas de voz, una disfonía que condicionó su performance vocal y le impidió desplegar todo su potencial.
La ausencia de Nicke Andersson se hizo sentir con particular peso. Su impronta como baterista y, fundamentalmente, como compositor e impulsor creativo del proyecto, es un vacío difícil de disimular y que ninguna formación alternativa puede suplir de manera inmediata.
Es el tipo de pérdida que no se mide sólo en términos instrumentales, sino en la arquitectura misma del sonido y la identidad de la banda.
El público respondió tímidamente con aplausos puntuales en los temas de mayor popularidad, aunque sin desbordarse en ningún momento. Una recepción que, en cierta forma, reflejó el tono general de la velada.
En definitiva, un show que cumplió con lo prometido en términos musicales, pero que todavía no termina de encontrar el calor y la cohesión que distinguían a Lucifer en su mejor momento. Una banda en proceso de reinvención que, de cara al futuro, tendrá que resolver cómo traducir su nueva identidad en una propuesta escénica a la altura de su catálogo.
Muchas gracias a Noiseground por permitirnos estar presentes en este show!

