Sur Oculto y Undermine – En vivo en Niceto Club (08/06/25)

La noche del domingo estaba fría. Una de esas noches que parecen hechas a medida para el bajón, para el silencio, para dejarse tragar por el pozo de ansiedad que suele cavar el lunes. El domingo se estaba yendo, como un tren que ya no podes alcanzar, llevándose consigo todo lo que no hiciste. Pero no era cualquier domingo. Había una promesa flotando en el aire helado: esa noche tocaban Undermine y Sur Oculto en Niceto Club.

Así que salí a la calle como quien va al encuentro de un conjuro.

La fila ya se extendía como una serpiente de cuero y humo, pero se movía con la velocidad de quien sabe a lo que va. No había ansiedad, ni empujones, solo expectativa. Entré cerca de las 20:20, justo cuando Undermine escupía su segundo tema con una violencia quirúrgica. Thrash del que no te deja pensar, del que no pide permiso.

El lugar ya estaba bastante lleno, y aunque era temprano, la energía era la de un final de show. El cantante rugía como si estuviera exorcizando los demonios de toda la semana. Los riffs eran cuchillas oxidadas, la batería una maquinaria imparable. Vi cabezas rebotar como resortes, cuerpos que se entregaban al mosh como quien se lanza a un río oscuro con los ojos cerrados.

Undermine no vino a llenar un espacio. Lo rompió.

Tocaron durante una hora y media, aproximadamente, repasando con furia quirúrgica toda su discografía. Cada tema era un golpe directo al cráneo, sin relleno ni cortes. Pero el momento más potente llegó cuando, entre aplausos y respiraciones agitadas, anunciaron que el máster del nuevo disco había llegado. Silencio de sorpresa, algunos gritos. Y enseguida la bomba: lo presentan en octubre.

El lugar estalló. Ese anuncio no fue solo una noticia: fue una promesa. Una cita marcada en el calendario de cada uno de los presentes. Una forma de extender este domingo eléctrico hacia el futuro.

Y cuando el set de Undermine terminó, con ese sabor a victoria que tienen las bandas que lo dejan todo, el aire quedó cargado. Como si el lugar todavía vibrara, aunque ya no sonaba nada.

Con el escenario a oscuras aprovechamos la pausa y fuimos hasta la barra como quien busca un pequeño ritual entre dos capítulos. Gin Tonic para la dama, Tequila Sunrise para el caballero. Nos apoyamos unos minutos contra la pared, bebiendo despacio, dejando que el cuerpo baje un cambio, que el corazón vuelva a un ritmo más humano.

Pero adentro, el clima ya empezaba a mutar, las luces cambiaban de color y se respiraba otra energía, como si alguien girara el dial de la noche y buscara otra frecuencia. Y entonces, como si hubieran estado esperando en las sombras, subieron al escenario los Sur Oculto.

Sur Oculto, un trío de teclado, bajo y batería. Primera vez que los veía y fue, sin vueltas, un viaje de ida.

Desde el primer compás entendí que esto no iba de pogos ni gritos, sino de entregarse. La música de Sur Oculto no se escucha: se atraviesa. Se deja entrar como un humo espeso, como un sueño con pulso. El teclado dibujaba paisajes que no existían, el bajo caminaba por callejones mentales, y la batería sostenía todo con una precisión que parecía telepática.

Me quedé inmóvil. No por frialdad, sino por respeto como si estuviera presenciando un ritual que no debía interrumpir. No hacía falta conocer los temas para sentirse parte. Cada arreglo era una historia en sí misma, una especie de espiral que te envolvía y no te soltaba. Los músicos se miraban poco; no hacía falta. Estaban conectados en otro plano.

El público también lo entendió. Nadie hablaba. Nadie pedía temas. Era como si todo Niceto se hubiese convertido en un solo oído. Había algo sagrado en ese silencio colectivo entre tema y tema.

La música crecía y se desarmaba con naturalidad, como una tormenta que no necesita estallar para imponer respeto. Y entre una pieza y otra, no sabías si habían pasado cinco minutos o media hora. Solo sabías que no querías que se termine.

No hubo grandes discursos ni poses. Solo música, en su estado más puro. Y cuando todo terminó, no hubo explosión. Hubo un silencio denso. Una sensación rara: esa mezcla entre haber presenciado algo importante y no poder explicarlo del todo.

Afuera, el frío seguía. El domingo estaba a punto de terminar, pero nosotros salimos distintos, con el cuerpo sacudido por la furia de Undermine y la mente flotando en los paisajes lisérgicos de Sur Oculto.

Como si en vez de un recital, hubiésemos vivido dos partes de un mismo hechizo y así, contra todo pronóstico, el domingo no terminó vacío. Terminó en alto. Como un acto de resistencia. Como un conjuro compartido.

Cabe mencionar que ambas bandas venían de tocar la noche anterior en La Plata. Doble jornada, doble entrega. Y aun así, lo dejaron todo. Energía intacta, sonido afilado, espíritu en alto.

Hermosa forma de afrontar la semana despues de terminar un domingo como el que termino… Al final, no son tan malos los domingos como la gente dice…

Gracias a ambas bandas por la buena onda, por el show que dieron.

«Nos vemos en el proximo pogo»