Darkthrone – Excursión al Polo Norte Magnético

Sobre confines en los que el tiempo y el espacio se comban, y casi a punto de caer en un interminable embudo blanco, flota un casquete polar. Esto pasa más allá de la vía láctea, claro, mucho más lejos que todo sitio conocido. En dicho casquete, los habitantes son dos: Fenriz y Nocturno Culto. Su autoexilio continental empezó en el año 1986. Todavía sigue. En esa deriva, las cosas no son como uno acostumbra, sino discretas, taciturnas. Ellos cada vez están más lejos. El frío es una pared en la que materializaron, a lo largo de estos años, la humedad de su respiración en formato de discos, como fantasmas de sus voces. Ya no piensan. Ya no luchan. Pensar y luchar son palabras incompetentes para narrar lo que hacen estos dos. Ellos miran. Cuando Fenriz tuvo que describir de qué iba el nuevo disco, dijo que los cinco tracks que lo componen eran como “cinco dinosaurios pesados, mirando con asombro y desconcierto las estrellas”.

Podría intentar una reseña de su último disco, Eternal Hails…, pero ¿De qué serviría? Aparte, hay una en el sitio, es muy buena, vayan a leerla. En vez de eso, prefiero teorizar respecto de Darkthrone, una de las bandas de mi vida, portadora de la discografía que me llevaría a una isla desierta. La banda.

Darkthrone forma parte de una estirpe de artistas introspectivos, ermitaños, que ignoran o que simplemente omiten su, digamos, entorno humano cercano.

Ian Curtis, Béla Tarr, Samuel Beckett, Mark Rothko. Todos artistas que, al cantar, al pintar, al escribir, al hacer cine, no piensan. Me refiero a que no direccionan sus obras a que quien las habite piense. En ellas, el ser abandona el pensamiento para volverse pura contemplación, porque son los objetos inanimados los que irradian tonos de reflexión. Y entre ellos vagan sus personajes, ajenos a todo sentimiento, como más allá incluso de la desolación. ¿Qué es sino “She ‘s lost control”, de Joy Division, en la voz anciana de ultratumba de un joven Ian Curtis, interpretando sin sentimientos un tema sobre un ataque de epilepsia, siendo él mismo epiléptico? ¿Qué persigue el personaje de Beckett en El Innombrable, cuando nos dice que algún día se atreverá a dar un paso? ¿Qué son sino los discos de Darkthrone, desde siempre, pero, ante todo, del 2013 para acá?

Un casquete polar, una travesía de vuelta de todo y con rumbo fijo hacia la nada.

Etapas, sí, tuvieron sus etapas. Hay registros de sus comienzos deathmetaleros. Varios compilados atesoran esas grabaciones. Después, fue la sagrada trilogía de Black Metal; de puro, llano y romántico Black Metal. ¿O acaso no es romántico el Black Metal? Todo él desprende bosques negros, bosques nevados, antiguas creencias, guerreros a espadazos y hachazos por toda la eternidad en el Valhalla, todas las puertas del Valhalla, drakkars cortando el océano y valkyrias transportando muertos honorables, caídos en batalla, trolls, alimañas sagradas de los árboles, ideales de fogatas y no de cruces baladíes por demás… El Black Metal, estimado lector, estimada lectora, es el género romántico por excelencia. Y Darkthrone, en su etapa más pura de explotación del género (la más pura de la historia del género, hay que decirlo) exploró todas las aristas posibles. Amor por los fiordos nórdicos (A blaze in the northern sky), vampirismo (Transilvanian hunger), la contemplación del viento entre los árboles al momento de morir (Under a funeral moon), y un largo, largo etc.

Después de eso, hubo desvaríos, pero no discos en vano. Ante todo, una época cercana al thrash y al punk que, siento, murió con el disco The Underground Resistance, del año 2013. Porque, lo que vino después es otra historia.

Arañando la muerte, ciega a causa de un derrame cerebral, Hedda Sterne, pintora rumano-estadounidense, dedicó los últimos años de su vida a desarrollar una pintura singular. Geométrica, de trazos blancos sobre lienzo blanco, de apariciones leves sobre un fondo carente de cimientos.

Aceptar la invitación a mirar el mundo a través de los ojos de una ciega, siempre brumoso, siempre igual: esa es la pintura final de Hedda Sterne.

“Dentro de un círculo abierto… los condenados destruyen la esperanza… el raspado vacío”. Eso rezan las líneas iniciales de lo que considero la tercer etapa de Darkthrone. Así abría Arctic Thunder, su disco del año 2016. De ahí para acá, hubo dos más: Old Star, del 2019, y el ya mencionado Eternal Hails…, del corriente. La música está bien, qué tanto, está más que bien.

Similar a lo que ocurre con el Iron Maiden contemporáneo, musicalmente Darkthrone no evita estructuras de corte progresivo, acercándose tanto a los fundadores del género que supieron pulir, como a las épocas doradas del mejor doom. Pero las variaciones están en las letras, en las notas que acompañan esos ritmos pesados (como dinosaurios), y en la lentitud. Incluso en la ejecución. El tema pilar del último disco, Voyage to a northpole adrift, es una caminata de poco más de diez minutos sobre el polo magnético del norte, que, si lo acoplamos al track que le sigue, Lost arcane city of Uppakra, nos deja exhaustos sobre las márgenes de una de las ciudades más antiguas de la northland medieval. Ciudad, por cierto, que se empezó a excavar en el año en que los Darkthrone decidieron no tocar nunca más en vivo.

Ejecuciones lentas. Cada golpe de tom, cada desapego de la guitarra, cada guturalidad quebrada en las voces pone en relieve un nuevo camino, un sendero de despojos. Pareciera que Darkthrone volviera sobre sus pasos, como los salmones, río arriba para morir en el sitio que los vio nacer. En ese destello del cielo del norte. Nunca importó el sonido, pero ahora importa menos. Cada vez importa menos, y eso es un acierto. Las composiciones son esqueletos de tracks, apenas bocetos de estudio. Las letras no cuentan ya sentimientos, sino lo que ven dos que van sobre un casquete a la deriva, con lo blanco por horizonte. Darkthrone pinta, desde hace años, con pintura blanca sobre una pulcra pared blanca.

Como la hora más oscura, la que transcurre antes del amanecer, la negrura más compacta es la que surge del reflejo de la luz sobre un objeto quieto. La sombra.

Darkthrone, cada vez más, se asoma desde las sombras y, desde ahí, suelta un disco. Después, se vuelve a ocultar.